El nombre oculto de Casandra (Primer capítulo)

 

CUBIERTA Casandra ebook

Capítulo 1

El nombre oculto de Casandra

Llegué a casa provista de la lencería más sexy que había visto en mi vida y de algunos modelitos que estilizaban mi cuerpo y favorecían mis atributos. Al menos eso era lo que yo creía y lo que me había repetido entusiasmada la dependienta del establecimiento que, imagino que al verme a primera vista, pensó que poco se podía hacer conmigo. Con prisa, dejé el bolso, las llaves y el abrigo sobre la cama y me dirigí a la bañera. Encendí el grifo a toda su potencia. Bien caliente. Me preparé una copa de cava mientras se llenaba de agua espumosa, repleta de sales, con la firme convicción, tantas veces ensayada, de que aquello era lo que tocaba hacer.

Había pedido fiesta en el trabajo y pensaba pasarme el día completo dedicándome a mi persona. Manicura, pedicura, limpieza de cutis, tratamiento corporal y un extenso ritual que estaba dispuesta a completar antes de irme a la peluquería. Por suerte, me habían dado cita en una de las marcas más prestigiosas de la ciudad y me extrañó, porque había llamado convencida que de no tendrían ni un solo hueco libre.

En mi vida cotidiana me cuido bastante y dada la ocasión bien merecía la pena una buena dosis extra de inversión en tiempo y dinero. Era la primera vez que me iba a ver con él y el solo hecho de pensarlo me producía una sensación de vértigo que no recordaba haber experimentado ni en mis mejores momentos. Nunca, para ser más exactos.

Nuestras vidas se habían cruzado en el ciberespacio. Algo poco original en los tiempos que corren, lo sé, aunque yo no había probado hasta entonces esa alternativa de la que tanto había oído hablar en algunos círculos cercanos a mí. Ni siquiera se me habría pasado por la cabeza pocos meses atrás. Lo consideraba una auténtica idiotez además de una pequeña humillación de la condición humana. El riesgo de encontrarme con alguien que pudiera reconocerme me hacía rechazar cualquier posibilidad aunque lo cierto es que no existe ningún peligro. Ahora lo sé. El miedo a arriesgar y equivocarse, algo con lo que he convivido demasiado tiempo y que tiene un nombre propio: Apariencias.

Hasta que un día, aburrida de todo un poco, decidí que había que dar el paso y acercarse a una teoría que a mí me ha tenido siempre un poco desconcertada: La teoría de los seis grados, algo que no he acabado de entender nunca muy bien y, a pesar de eso, me encontraba muy cerca de experimentar. Estaba a punto de adentrarme en el extraño y ambiguo mundo de la comunicación a distancia con desconocidos ávidos de mostrar sus habilidades a cualquier precio. Estaba decidido. Y para rematar la jugada y hacer las cosas bien desde el principio accedí a una de esas Webs de pago en las que, según me había informado sin levantar sospechas, era fácil anular la suscripción si la cosa no iba bien. Al parecer, en algunas de las que te ofrecen la inscripción gratuita, el problema llega cuando te quieres dar de baja. Ahí es cuando te clavan el puñal y ahí es cuando, al no haberse leído todas y cada una de las condiciones de acceso a la página, empiezas a sudar tinta mientras repites para ti mismo que no se puede ser más torpe. Increíble pero cierto. Me parecía de lo más grotesco aunque sin duda era una buena estrategia de marketing agresivo.

 Durante todo el proceso que duró la inscripción en la página de contactos estuve trabajando duro en el convencimiento de que no hacía nada malo y a pesar de tenerlo claro me sudaban hasta las manos. Era libre, no debía explicaciones a nadie y probaba una forma nueva de conocer personas, como tantas otros seres humanos que se sienten solos o simplemente quieren experimentar nuevas sensaciones. Lo repetía casi en voz alta cada medio minuto.

Nunca supe exactamente qué estaba buscando hasta que lo encontré. Traté de esquivarlo como pude, pero una y otra vez volvía a contestar sus correos esperando que en cualquier momento desapareciera de allí, cansado de hablarle a una persona mayor, que era exactamente como me sentía. Al principio él jugaba con ventaja. Había visto mi fotografía que, aunque un poco retocada, lo reconozco, era bastante fiel a la realidad.  En su perfil no había ninguna fotografía en la que pudiera verle claramente el rostro, aunque sí algunos datos que resultaban curiosamente extraños. Pero no me importó. A fin de cuentas sólo se trataba de un juego que me producía una risilla floja y me proporcionaba el atrevimiento de la típica adolescente que se siente protegida frente a una pantalla en la que todo está permitido.

No llamó enteramente mi atención hasta que, con un nombre que siempre supe que no era el suyo, decidió ir más allá. Quería conocerme. Me negué en rotundo la primera vez, y la segunda, pero en el tercer intento no supe decir que no. Aquél día suspiré profundamente y mis dedos, paralizados esperando instrucciones de mi cerebro frente al “Sí” que observaban mis ojos, recibieron la señal. Pulsé la tecla con fuerza e inmediatamente levanté la mano del teclado como si éste fuera a causarme algún daño. Ya no había vuelta atrás, pensé nerviosa. En aquel momento eliminé el “por qué” de tantas y tantas veces  y quedó substituido el “por qué no”. Y sonreí.

Mi motocicleta es mi medio de transporte habitual pero aquel día preferí llegar en taxi. No estaba dispuesta a estropear ni el maquillaje ni el peinado. Al salir del vehículo sentí una brisa fresca en mi cara. Me detuve durante unos segundos antes de iniciar los pasos hacia el lugar de la cita. Estaba anocheciendo en una ciudad en la que el bullicio forma parte del paisaje cotidiano. Era la hora de salir a cenar con los amigos, era la hora de aprovechar para ir al cine o al teatro, era la hora de picar cualquier cosa en una terraza disfrutando del clima que la tan esperada primavera brindaba. Era la hora de poner fin a aquella agónica espera que se había desencadenado en el mismo instante en el que, con los dedos de un teclado, habíamos intercambiado las primeras frases. Era la hora de la verdad. Tragué saliva al pensar esto último y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Miré por última vez el pedazo de folio que llevaba conmigo con la foto que finalmente me había pasado para que pudiera reconocerlo y la guardé de nuevo en mi bolso. Era la condición indispensable que le había exigido para la cita. No me daba la gana que sólo él conociera mi aspecto antes de aquel momento.

Desde la esquina en la que había decidido detenerme para observar y desde la ventaja que me proporcionaba aquel falso anonimato, una peculiar forma de caminar, de llegar, de sentarse, de cruzar las piernas apoyando toda la espalda en la silla mientras se ajustaba las gafas de sol me hicieron clavar la vista en aquel hombre. El nudo en el estómago y mi cerebro me recordaron que estaba a punto de cometer una locura, aunque no pensaba echarme atrás. Por fin…pensé mordiéndome los labios. Qué bueno estámás que en la fotografíay qué joven…dije entre dientes mientras me acercaba hasta la terraza en la que otras personas bebían y charlaban distraídamente, ajenas a mi presencia. En aquel instante sentí una puñalada de vergüenza y el peso de todos mis años aplastando cruelmente la sonrisa que llevaba varios días ensayando. Aquel muchacho podía ser perfectamente mi hijo y el hecho de imaginarlo desnudo contrajo todos los músculos de mi cuerpo hasta engarrotarlos por completo. Estuve tentada de volver por donde había venido aunque, después de varias citas fallidas repletas de morbo y deseo expreso por ambas partes, ya no había vuelta atrás. No quería. No me daba la gana, a pesar de todo. Las anteriores ocasiones habían sido abortadas por mí, lo reconozco, y por mi conciencia, que insistía en frenar unos deseos catalogados de pueriles y arriesgados, aludiendo al peligro que entrañaban aquel tipo de cita con desconocidos. Mi recatado discernimiento conocía mi historia, pero aquella nueva aventura era mía, y sólo mía. Insistía en escupirme que lo que estaba a punto de hacer era una maldad. Y una pequeña brecha que la conciencia se había olvidado de tapar me dejó sentir que era una dulce perversión que había deseado toda mi vida cometer, aún sin saberlo, que me sobrepasaba, aunque ya había empezado a aceptar sin remordimientos que aquello era lo que era, sin esperar nada más.

Mis pies se dirigían, sin hacerme el menor caso a los sonoros latidos del corazón, hacia aquella mesa. Mis piernas temblaban pero no detenían su paso hacia él. El primer encuentro iba a dar comienzo en pocos segundos a pesar de que las palabras se resistían a salir de mi boca. Observé como dirigía su mirada hacia mí con una media sonrisa que desmontó las pocas defensas que aún me quedaban.

─Esto…hola –pronuncié alargándole la mano.

Él me miró y, sujetando las manos en los brazos de su silla, se incorporó muy lentamente. Aquello era horroroso y yo pensaba que me iba a desmayar en cualquier momento.

─Hola –dijo discretamente sin moverse ni un centímetro.

─¿Eres…?

─Sí, soy yo. ¿Qué tal? –preguntó acercándose para darme dos besos.

En aquel momento, mis fosas nasales se expandieron atrapando la fragancia de aquella piel cubierta de un perfume que sin explicármelo reconocí. Fue un instante. El tiempo suficiente para que el miedo desapareciera extrañamente de mi mente. El hombre que tenía frente a mí no podía ser un psicópata. No, él no, me repetí varias veces. Aquel hombre era, sin ningún género de dudas, un pecado. Ante su insistencia en observarme, al fin reaccioné haciendo un gran esfuerzo por pronunciar cada palabra.

─Llego unos minutos tarde, y que conste que soy muy puntual, pero es que para aparcar me las he visto y me las he deseado –mentí.

─No importa. ¿Has venido en coche? Todo un mérito en esta ciudad. Pero siéntate, yo también acabo de llegar. ¿Qué quieres tomar? Acabo de pedirle al camarero un refresco.

Lo que me faltaba. ¡Un refresco! –pensé. Yo que más bien necesitaría un par de whiskys dobles y va él y pide un refresco. Me sentí completamente ridícula. Algo así como una mujer venida a vieja y “asaltacunas” que trataba de aprovecharse de un tierno macho inexperto. Lo de inexperto me lo acababa de inventar, más que nada por relajarme. Me sorprendí recordando que sus frases y algunas de las fotos que había visto a través del Chat el último día no destilaban inocencia precisamente. Pero antes de seguir retrocediendo en los últimos meses en los que el contacto había sido únicamente a través de un hilo telefónico y una pantalla tragué saliva y decidí sentarme junto a la silla que él acababa de brindarme antes de caer redonda al suelo.

─Creo que tomaré una copa de vino –dije al fin valorando las posibilidades.

Pensé que un vino no me catalogaría, de momento, ni de una cosa ni de la otra. Así que una vez que el camarero se acercó hasta nosotros le pedí un vino joven,  para no destacar demasiado mi conocimiento de los caldos. Tal y como tomó nota y viendo cómo se alejaba perdí de nuevo la capacidad de hablar. Era extraño. Si algo se caracteriza en mi personalidad es mi falta de sentido del ridículo en ocasiones que para los demás suelen ser incluso insólitas.

La edad se ha comido mi vergüenza y el nada despreciable incremento de mi patrimonio a la muerte de mi padre han hecho de mí una mujer sola aunque con posibles. Ya no me queda nadie, y ni siquiera he sabido aprovechar las pocas oportunidades de jugar una buena mano de cartas cuando me las ha brindado la vida. Soy, lo que se dice, una mujer segura a la vista de casi todo el mundo, aunque en aquel momento me había comido la lengua el gato. Debía ser la impresión que me había hecho verlo en persona.

Habían pasado algunos meses desde nuestro primer encuentro en la red. Increíble. Mi infancia había transcurrido entre cromos, faldas tableadas, corrillos en el patio, saltos con goma y punto de cruz, ¡Ah! y monjas. Monjas de esas que se empeñaban en prepararnos para corregir el pecado y para afrontar la muerte como si eso fuera lo que nos íbamos a encontrar en el rellano de casa en cualquier momento. Sonreí disimuladamente al pensar que alguna de aquellas mujeres habría muerto de la vergüenza si hubiera visto por el agujero de una cerradura la escena que estaba viviendo una de sus mejores alumnas. Animada por algunas amigas que ya lo habían hecho, me había aficionado a chatear en la red con desconocidos y me había convertido en una especie de experta a la hora de detectar fantasmas, pobres diablos, cantamañanas y aspirantes a Georges Clooney que habían difundido hasta la saciedad sus fotos de perfil además de sus varoniles virtudes. Más de la mitad eran falsos perfiles, saltaba a la legua, y otro tanto mantenía relaciones a escondidas de las que serían sus parejas, las que les aguantaban los ronquidos. Yo no tenía ese problema. Estaba sola. Más sola que la una y lo prefería. Ni siquiera me satisfacía ya reunirme con mis amigas de siempre. Ellas, las que también estaban “singles” como está de moda decir, que eran minoría, destilaban tanta amargura que podía recogerse con un cubo en cada uno de nuestros encuentros. Y yo ya me había cansado. Llevaba unos meses dando largas a las reuniones semanales siempre que podía. Nunca he destacado por optimista. Más bien al contrario, todas me tienen por un sargento. Y qué equivocadas que están. Sabía que no les podría contar nada en absoluto de mis aventuras en solitario, ni siquiera a las que no se cortaban ni un pelo en explicar lo que realmente perseguían: Sexo. En estado puro y en diferido, solas o acompañadas.

Seguía agarrada a mi bolso, y temía que de un momento a otro empezaría a sudar. Había tenido mucho cuidado en elegir el color de mi blusa. Esta era negra, como no podía ser de otro modo. Igual que mi ropa interior.

─¿Estás nerviosa? –escuché en un eco lejano.

─¿Dime? Ah no –dije esbozando una sonrisa que mentía por mí con la esperanza de que no se notara.

─¿Qué quieres que hagamos después de la copa? ¿Te apetece ir a cenar algo? No tengo demasiado tiempo. Mañana entreno. He salido un poco tarde pero no he encontrado tráfico. He podido aparcar en un parking que hay justo debajo de la plaza de Catalunya.

─Claro –fue lo único que se me ocurrió decir.

Me sentía extremadamente indefensa pero tenía que reaccionar como fuera, así que me lancé al vacío y sin red.

─Asier, he pensado que podríamos ir a un hotel. Si quieres cenamos algo en cualquier parte. Todavía es temprano. ¿Temprano? –me pregunté a mi misma buscando la lógica al comentario que acababa de salir de mi boca.

Tragué saliva esperando su reacción, que no fue otra que una mirada con la que se hubieran podido fundir todos los plomos de las bombillas de la ciudad. Había pronunciado por primera vez su nombre aunque sabía que sólo era un alias. Él mismo me lo había confesado en alguna ocasión.

─Está bien –contestó al fin cuando ya estaba a punto de salírseme el corazón por la boca.

─Voy a pagar –dije levantándome inmediatamente antes de que se notara que el rubor subía sin remisión y se instalaba en mi cara.

Mientras entraba en el establecimiento sentí sus ojos posados en mí y una punzada en el vientre. Ambas cosas al mismo tiempo. Al salir me estaba esperando apoyado sobre una pierna y con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta. Una chupa de cuero que le quedaba de maravilla. Sonreí de nuevo y empezamos a caminar. El silencio invadía el pequeño espacio que quedaba entre nosotros. No sé en qué estaría pensando él pero yo me devanaba los sesos para no hacer el ridículo más espantoso que podía imaginar a mi edad.

─¿Te parece bien aquí? –pregunté señalando un pequeño restaurante en el que se veía bastante movimiento. Quería descartar todo lo que oliera a romanticismo y aquel lugar me pareció adecuado.

─Como quieras, yo tengo mucha hambre –contestó encogiéndose de hombros.

A pesar de la inocencia aparente en sus palabras, detecté que la frase iba cargada de segundas intenciones. Estaba segura. Necesitaba dos copas más como mínimo y a ser posible acompañadas de algo sólido.

─Está bien, podemos picar alguna cosa ligera.

─¿Has pensado en el hotel? –soltó de pronto y sin aviso–. En qué hotel me refiero. Si quieres podemos ir en mi coche.

─Sí desde luego –mentí para no parecer tonta–. Hay uno en dirección a tu casa que no está mal.

─¿Mi casa? ¿Acaso sabes dónde vivo?

─Sí, si no me has mentido también. Quiero decir que sé en qué ciudad vives –dije por si no le había quedado claro–. Aunque supongo que la nuestra será una relación basada en las mentiras. ¿O me equivoco?

─¿A qué te refieres?

─A tu nombre por ejemplo. Sé que Asier no es tu nombre real. Pero no necesito que me digas cómo te llamas. Al fin y al cabo no me parece importante. Es el principio. Tu nombre significa el principio. Me gusta.

─¿Y cómo sabes eso?

─Porque lo he buscado.

─Como veas. A mí me da lo mismo. Lo único es que en la red prefiero no dar demasiadas pistas. ¿Tú sí eres Jimena?

─Sí, no se me ocurrió ponerme otro. Mena para los amigos. Mejor pedimos un taxi.

Era una conversación de ascensor, pero a mí ya me parecía bien. Escucharlo hablar por primera vez más de cuatro palabras me ayudaba a pasar el trago. Nadie me había obligado a hacer lo que estaba a punto de hacer y sin embargo sentía todos los ojos del mundo clavados en mí acusándome. De pronto, sin que mi cerebro se conectara a mi lengua tuve la necesidad de decir lo que estaba a punto de pronunciar.

─Tengo mis reglas, ¿sabes? No sé si te lo podrás creer, pero yo no hago nunca esto. De hecho es la primera vez.

─¿Qué me quieres decir con esto?

─Que no suelo tener citas con chicos que podrían ser…bueno, con hombres como tú. Déjalo, no me hagas caso.

─¿Y esas reglas dicen algo sobre hacerlo la primera vez?

─¿Cómo dices? –disparé a sabiendas de lo que quería decir.

Me ruboricé hasta el punto de sentir que mi cara ardía al completo. Me acababa de inventar aquello de las reglas e incluso, viniendo de mí, había sonado mucho más que ridículo.

─La verdad es que yo tampoco he conocido nunca a nadie como tú.

Lo miré y tardé unos segundos en contestar.

─No te estarás riendo de mí ¿No?

─En absoluto. Lo digo en serio.

Tuve que creerlo. Lo necesitaba para no sentirme la persona más idiota del mundo en aquel instante. Había tenido ocasión de observarlo con detalle mientras bebíamos. Sus dientes, su pelo, su sonrisa, los calcetines, los zapatos…y su juventud. Una juventud insultante que me estaba ganando la partida así que me repetí una y mil veces que no tenía nada que perder. Todavía quedaba preguntarle por la edad, pero me daba vértigo y quería aniquilar los restos de mojigatería que se empeñaban en animarme a salir corriendo de allí con cualquier excusa barata. Reproducía en mi cabeza cada una de sus palabras buscando en ellas el menor indicio que delatara que se estaba mofando de mí y me iba a dejar plantada en el mejor momento. Pero no las encontré. Y las buscaba porque la primera etapa de aquella cita tan extraña estaba a punto de acabar y en pocos minutos habría que tomar la decisión. Yo me había hecho cargo de todo. De todo y de nada. Y la única verdad de aquel preciso instante es que mi razón quería huir de un cuerpo que libremente había empezado a experimentar sensaciones hasta entonces desconocidas.

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Pepa Fraile

Sobre nosotros Pepa Fraile

Soy Pepa Fraile. Me gusta la gente, mis hijas, mi marido, la tortilla de patatas, la paella, el melón, los melocotones, un buen vino, una buena charla, el sol, el mar, escribir, viajar, respirar hondo y poder sonreír. Me gusta la vida y la gente de cara. Me gusta la vida. Después de casi medio siglo...esta es la mía.

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